Asuntos y alcance

A primera vista, son las máquinas las que hacen que el aprendizaje y la cibersociedad sea diferente del aprendizaje tradicional, a saber, las clásicas aulas y la transmisión de conocimientos a través de libros impresos. Esta aproximación al aprendizaje y a la cibersociedad no es del todo correcta. Los procesos de aprendizaje tradicional pueden implementarse en los nuevos dispositivos tecnológicos. La utilización de éstos no es necesariamente una señal de que estamos tratando con el aprendizaje y la cibersociedad. Así, algunas de las características del aprendizaje y la cibersociedad no son nuevas, sino que se remontan a mucho antes de que aparecieran los modernos artefactos tecnológicos.

No obstante, existe un vínculo evidente entre el aprendizaje y la cibersociedad y la computación ubicua. El término “computación ubicua” describe la presencia generalizada de los ordenadores en nuestras vidas. Los ordenadores personales y los portátiles se han convertido en una parte integral de nuestro aprendizaje, de nuestro trabajo y de nuestra vida en comunidad, hasta el punto que si una persona no se tiene acceso a un dispositivo conectado a la red con un ancho de banda razonable, esa persona puede considerarse en clara desventaja competitiva, colocándola en el lado negativo de la llamada “brecha digital”. Mientras tanto, muchos otros dispositivos van adquiriendo capacidades antes reservadas únicamente a los ordenadores (de hecho, se está produciendo una convergencia entre los diversos dispositivos tecnológicos): teléfonos móviles, televisores, sistemas de posicionamiento geográfico (GPS), reproductores de música digital, agendas personales digitales, cámaras de video, consolas de videojuegos, por nombrar sólo unos pocos artefactos. Estos dispositivos están en todas partes y son cada vez más baratos. Son cada vez más pequeños y más transportables, y están cada vez más interconectados. Por eso los encontramos, cada vez con mayor frecuencia, en muchos lugares y en muchos instantes de nuestras vidas. La presencia generalizada de estas máquinas es la manera más tangible y práctica de darnos cuenta que la informática se ha convertido en omnipresente, esto es, que estamos en un mundo de creciente computación ubicua.

En el ámbito de la educación, es importante señalar que los dispositivos de computación ubicua pueden hacer muchas de las cosas que los bolígrafos, lápices, libros de texto y discursos de los profesores solían (y en muchos lugares aún suelen) hacer para los estudiantes en la educación tradicional. Y no sólo pueden hacer las cosas de la misma forma, sino que pueden hacer las mismas cosas de maneras diferentes.

¿Puede la computación ubicua sentar las bases para el aprendizaje y la cibersociedad? ¿Es necesario que hagamos un cambio en los paradigmas educativos? Estas son algunas de las preguntas que conviene hacerse. El aprendizaje y la cibersociedad es un nuevo paradigma educativo hecho posible en parte por las posibilidades de los medios digitales. ¿Cuáles son estas posibilidades? ¿Y cómo afectan al aprendizaje?

A continuación, se mencionan algunas de las cuestiones relacionadas con el aprendizaje y la cibersociedad que son tratadas en el Congreso, en la Revista, en la Colección de Libros y en el Blog de Noticias. Naturalmente, los participantes del Congreso y los autores que publiquen en la revista pueden estar en desacuerdo y añadir otras.

Cuestión 1: Eliminar las fronteras institucionales, espaciales y temporales tradicionales de la educación.

En la educación tradicional, los alumnos tenían que estar en el mismo sitio al mismo tiempo, y generalmente haciendo el mismo trabajo. El aula era diseñada siguiendo una arquitectura informacional bien definida con el fin de transmitir el conocimiento de una determinada manera, a saber, de uno a muchos: un maestro a treinta y tantos niños; un profesor a un centenar de estudiantes universitarios; o el autor de un libro de texto a miles de estudiantes. La simultaneidad espacial y temporal de este sistema tradicional de información y de transmisión de conocimientos tenía sentido con las tecnologías disponibles. Hoy en día, hacer copias y difundir cualquier contenido textual, visual y de audio es muy barato, si no gratuito, por lo que las aulas tradicionales son cada vez menos necesarias. La educación puede darse en cualquier lugar y a cualquier hora. La larga tradición de “educación a distancia” y “escuelas por correspondencia” significa que estas ideas están muy lejos de ser novedosas. La única diferencia ahora es que la computación ubicua hace anacrónica y menos costosa para muchos propósitos educativos la vieja arquitectura informacional del aula tradicional, basada en formas de discurso unidireccional y en relaciones sociales jerarquizadas en su interacción con el conocimiento. Incluso es posible tener controlados a los niños con los teléfonos móviles y los dispositivos de posicionamiento geográfico. Conocer la situación de un niño en una clase nunca fue mejor que con un margen de error de un metro con los dispositivos GPS. Y otro problema con el aula tradicional: se trataba de preparar al alumno para la vida, lo suficiente para asumir el propio destino, dejando el resto a la experiencia individual. En la actualidad, todo cambia tan rápidamente que lo aprendido hoy puede ser irrelevante mañana. Por consiguiente, se han adoptado medidas de formación continua y acreditación formal con el fin de alcanzar una educación útil “para toda la vida”. Para las personas que están trabajando o con familia, con dificultades para asistir a clase o para planificar su agenda diaria, la computación ubicua puede convertirse en una herramienta adecuada para hacer más flexible la educación, más allá de los límites espaciales, temporales e institucionales tradicionales. Reunirnos en lugares y momentos concretos sigue siendo importante, por supuesto, pero lo que elegimos hacer cuando nos reunimos puede ser diferente de lo que sucede actualmente en las aulas. Estos lugares y momentos específicos de reunión son importantes para dialogar cara a cara sobre la planificación, el trabajo colaborativo y el crecimiento de la comunidad de conocimiento a la que pertenecemos. A esto hay que añadir la creciente omnipresencia de la pedagogía del aprendizaje en espacios informales y semi-formales.

Cuestión 2: Cambiar el equilibrio de la agencia.

La educación tradicional en el seno de las instituciones de nuestro pasado reciente establecía una espacialidad marcada por un profesor y una pizarra situados en la cabecera del aula, en frente de los alumnos. Los estudiantes se sentaban en pupitres dispuestos en filas paralelas y horizontales respecto a la perspectiva del profesor, atendiendo a un solo tema, escuchando un único discurso o respondiendo a una única pregunta a cada vez, leyendo en silencio el libro de texto, o haciendo ejercicios en el libro de prácticas. La comunicación entre alumnos no era factible, ni probablemente deseable a ojos del profesor y del sistema educativo, porque la comunicación entre alumnos en el aula tradicional debía ser de viva voz, lo que podía degenerar en caos. Esta configuración espacial en forma de filas paralelas implicaba un cierto modo de inculcar una disciplina (escuchar al profesor, leer el libro de texto respetando su autoridad) y una particular relación con el conocimiento (aquí están los hechos y teorías que hay que saber, la literatura que hay que leer, y la historia que hay que memorizar). Este tipo de educación tuvo sentido para un mundo que no es ya el nuestro, un mundo en el que la organización empresarial se establecía de manera vertical y jerárquica (el supervisor transmitiendo órdenes y enviando circulares), en el que los medios de comunicación narraban la noticia de manera unidireccional, y en el que todos consumíamos los mismos productos producidos en masa (aquellos productos que los ingenieros y empresarios habían decidido que eran buenos para nosotros). Era un mundo en el que los autores escribían y las masas leían; las radios contaban y los oyentes escuchaban; los canales de televisión producían y las audiencias miraban; los líderes políticos lideraban y las masas les seguían; los jefes pensaban y los trabajadores sólo ejecutaban. Vivíamos en un mundo de orden y obediencia. Hoy en día, esta antigua relación de equilibrio está cambiando en muchos aspectos de nuestras vidas: los empleadores buscan trabajadores capaces de organizar equipos que se autogestionan, que compartan la cultura corporativa y que se comprometan con la visión y misión de la organización (los jefes buscan convencer más que ordenar). Actualmente, rige el lema “el cliente tiene siempre la razón”, y los productos y servicios son personalizados con el fin de alinearse con las necesidades prácticas particulares y tendencias estéticas deseadas por los usuarios. En los medios de comunicación, la computación ubicua ha llevado a cabo transformaciones espectaculares (ya no hay necesidad de escuchar el top 40 cuando se tiene un iPod, ni creerse a pies juntillas lo que pone en un libro o en una enciclopedia cuando internet nos permite cotejar el dato en otras fuentes igual de fiables o más). Ya no hay que conformarse con el ángulo de la cámara que muestra el realizador de un programa deportivo en la televisión, ya que las nuevas tecnologías permiten, o permitirán, al espectador escoger su ángulo favorito. Ya no es imperativo ver las noticias y los programas que nos imponen, ya que YouTube nos permite elegir, comentar aquello que vemos, e incluso subir nuestra propia producción audiovisual o crear un canal de TV propio. Ya no es necesario atender pasivamente a narrativas ajenas cuando se puede ser jugador activo en un videojuego (algo que puede fácilmente extrapolarse a la educación). Ya no es obligatorio ser un receptor pasivo de conocimiento transmitido, puesto que ahora los profesores y los alumnos pueden colaborar co-diseñando el nuevo conocimiento que está por llegar. Existen muchas fuentes de conocimiento, en ocasiones en conflicto unas con otras, y tenemos que navegar a través de ellas de un modo apropiado si queremos alcanzar conclusiones válidas. Hay muchos nichos y modalidades de conocimiento, y debemos saber tratar con ellos si queremos dar sentido a la información disponible para que nos sea útil. Puede haber un corpus general de conocimiento ampliamente aceptado sobre el que podemos apoyarnos, pero también hay nichos de conocimiento de alcance local y muy específico para una circunstancia particular. Nos corresponde a nosotros elegir en cada momento la información adecuada, en función del lugar y del momento temporal en que desarrollamos nuestra investigación. En este escenario, los profesores y maestros tienen que ser gestores del conocimiento y no meros depositarios de informaciones transmitidas. Su poder radica en su pericia y no en las rutinas de control y las relaciones de orden-obediencia.

Cuestión 3: Reconocer las diferencias entre los alumnos y usarlas como un recurso productivo.

Las sociedades modernas solían valorar la uniformidad: todos leíamos el mismo puñado de periódicos y veíamos los mismos canales de televisión; todos consumíamos los mismos productos; y si éramos inmigrantes o indígenas, o pertenecíamos a una minoría étnica, necesitábamos ser asimilados por la sociedad para que el país pudiera avanzar al mismo paso. Y así era también en las escuelas: todos tenían que escuchar al maestro al mismo tiempo, trabajar sobre el mismo tema, y hacer los mismos ejercicios o exámenes al final para ver quien había aprendido lo dispuesto por el plan de estudios y quien no. Hoy en día hay cientos de canales de televisión, innumerables páginas web, infinidad de productos personalizados al gusto de cada uno, y los inmigrantes, los indígenas y las minorías constituyen un aspecto diferenciador que realza nuestro recién descubierto cosmopolitanismo. Todo esto es parte de un profundo cambio en el equilibrio de la agencia relacionada con el poder. Otorgue a la gente una oportunidad de ser ellos mismos y encontrará que son diferentes entre sí en muchos aspectos: materialmente (clase, lugar), corporalmente (edad, raza, sexualidad, y características físicas y mentales) y simbólicamente (cultura, idioma, género, familia, afinidad, identidad). En las escuelas de hoy en día, estas diferencias son más visibles que nunca. Y el aprendizaje y la cibersociedad ofrecen una serie de posibilidades para afrontarlas. No todos los alumnos tienen porqué ir al mismo paso, ya que pueden estar en diferentes niveles o estudiar distintas cuestiones de acuerdo a sus necesidades. Cada alumno puede conectar lo general o conocimiento heredado con lo particular y conocimiento específico que requieren sus propias experiencias vitales y sus intereses. Cada alumno puede ser un creador de conocimiento y un creador cultural, y en cada instante de ese proceso de creación da voz a sus propias ideas de una manera que conecta con sus experiencias. Los alumnos también pueden trabajar en grupos, como creadores de conocimiento colaborativo, donde la fuerza del conocimiento del grupo surge de su capacidad de convertir en uso productivo las complementariedades que emanan de sus diferencias. En este contexto, el profesor o maestro deberá ser un miembro comprometido con las comunidades de aprendizaje cosmopolita y co-diseñador, junto con los estudiantes, de sus itinerarios de aprendizaje.

Cuestión 4: Ampliar la variedad y la mezcla de los modos de representación.

La computación ubicua registra y transmite significados de manera multimodal: la oralidad, la escritura, lo visual y lo auditivo. A diferencia de las tecnologías de grabación anteriores, estos modos de representación se reducen a lo mismo en el proceso de fabricación, esto es, a una sucesión de ceros y unos. Además, nunca antes costó tan poco la producción y transmisión de cualquiera de estas formas de representación. Ahora, cualquiera puede ser un cineasta, un escritor que puede llegar a cualquier audiencia, un creador de música con la ayuda de herramientas electrónicas, un productor de programas de radio, etc. Las instituciones educativas tradicionales no han logrado aprovechar esta proliferación de canales y medios de comunicación. Pero, si bien los educadores y pedagogos no han hecho todo lo que podían para sacar provecho a las nuevas tecnologías, los estudiantes sí lo han hecho. Cuando los educadores y pedagogos se pongan al día, el proceso de aprendizaje y transmisión de conocimientos será más pertinente y eficaz que nunca. Para ello, los educadores y pedagogos deberán comprender la variedad de gramáticas disponibles en los múltiples modos de construcción de significados que lo digital ha hecho posible, con la misma profundidad que nuestros antepasados comprendieron las formas tradicionales de comunicación basadas en lo alfabético y lo simbólico.

Cuestión 5: Desarrollar las capacidades de conceptualización.

El mundo de la computación ubicua está lleno de complejas arquitecturas técnicas y sociales que tenemos que ser capaces de entender con el fin de ser un buen usuario. Las representaciones virtuales en forma de archivos y de carpetas son ersatz de los archivos y carpetas reales, así como las arquitecturas de navegación en menús y en directorios. En la esfera digital coexisten el etiquetado semántico en forma de folksonomías, las taxonomías formales que definen el dominio de un contenido concreto, y las normas que se utilizan para crear sitios web y definir los campos en las bases de datos. Estos nuevos medios de comunicación necesitan de una sensibilidad muy característica de conceptualización, formas sofisticadas de reconocimiento de patrones y esquematización. Por estas razones (y otras buenas, aunque mucho más antiguas, razones educativas), el aprendizaje y la cibersociedad requieren de un nivel de abstracción y de estrategias metacognitivas mucho mayores. Esta es la única manera de abrirse paso a través de la inmensa cantidad de información disponible. Los profesores necesitan pues convertirse en usuarios expertos de estas nuevas herramientas de creación de significados, aplicando el metalenguaje que ellos mismos y sus alumnos necesitan por igual a fin de comprender las posibilidades y el potencial que tienen en sus manos.

Cuestión 6: Conectar la mente individual con la mente social: cognición distribuida e inteligencia colectiva.

En la era de la computación ubicua, uno no vale lo que sabe sino lo que puede llegar a saber. Esto es debido a que el conocimiento está al alcance de la mano gracias a los recursos tecnológicos disponibles. Hasta cierto punto, esto también era cierto en el pasado reciente, ya que teníamos a mano las bibliotecas o expertos que podíamos consultar. El conocimiento siempre ha sido distribuido, una labor de inteligencia colectiva. Así, el propio lenguaje, por ejemplo, es la tecnología más notable de cognición distribuida. Hoy en día, la inmensa cantidad de información, la inmediatez en el acceso a los datos y su fácil manipulación con los nuevos dispositivos disponibles, convierten a estos en extensiones de nuestras mentes. Nuestra mente sale de su receptáculo cartesiano (la conocida separación entre mente y materia) para convertirse en mente extendida (realizando algunos procesos cognitivos dentro de los dispositivos tecnológicos materiales). Aquellos que solían memorizar los números de teléfono seguro que se dan cuenta de que algo le sucede (o mejor, deja de suceder) a su mente cuando los números que necesitan están almacenados en una agenda electrónica o en un teléfono móvil: la agenda o teléfono recuerda por ellos. Se convierte en una extensión indispensable de su mente. Esto debería significar el fin de los exámenes con los libros cerrados. Los educadores y pedagogos deberán crear nuevas métricas para evaluar las capacidades de los alumnos, para saber cómo se adquiere el saber en este nuevo entorno.

Cuestión 7: Construir culturas de conocimiento colaborativas.

La computación ubicua no es ajena a las formas de reflexividad social que pueden crear “comunidades de práctica” para apoyar el aprendizaje. En el contexto del aprendizaje y la cibersociedad, los profesores deben aprovechar las enormes energías laterales del conocimiento entre pares (siendo la ciencia y las publicaciones científicas un caso paradigmático) y el poder de la inteligencia colectiva. Este intento de aprovechar el poder de lo colectivo y de la revisión entre pares debe basarse en la complementariedad que emana de las diferentes experiencias, conocimientos, formas de pensar y modos de ver de los estudiantes o alumnos que conforman el grupo. De este modo, los estudiantes o alumnos también involucran a personas que anteriormente hubieran sido consideradas como ajenas al proceso de aprendizaje: los padres y otros familiares, y lo amigos críticos u otros expertos. Las redes sociales son lugares ideales para este tipo de trabajo, ya que auditan de forma muy sencilla y transparente las contribuciones de cada cual. Para ello, es necesario formar a los profesores para que sean capaces de crear comunidades de aprendizaje genuinamente inclusivas, con el fin de que los estudiantes alcancen todo su potencial.

Cada una de estas cuestiones explora y explota las posibilidades de la computación ubicua. Sin embargo, ninguna de ellas es un pensamiento pedagógico ni constituye una agenda social novedosa en la era de la computación ubicua. La diferencia con el pasado es que hoy en día no existe ninguna razón práctica para no adoptar e implementar estas medidas. La tecnología digital pone todas ellas a nuestro alcance. Un nuevo paradigma educativo podría emerger. Y a medida que este paradigma vaya emergiendo, también podremos encontrar educadores y pedagogos que vayan adquiriendo un papel de liderazgo en innovación tecnológica en el ámbito educativo.

El aprendizaje y la cibersociedad están comenzando. Tenemos aún que desarrollar prácticas de vanguardia y tecnologías disruptivas que nos permitan repensar y reconstruir los contenidos, los procesos y las relaciones humanas de la enseñanza y del aprendizaje.

Referencia: capítulo de introducción de los editores en el libro de Bill Cope y Mary Kalantzis (eds), Ubiquitous Learning, University of Illinois Press, 2008.